Este
viernes 20 de marzo día de Santa Alejandra y San Alejandro, según el santoral
católico, se produjo el equinoccio de otoño en el hemisferio Sur. Esto ocurrió
a las 11:46-11:47 (UTC-3), es decir minutos antes del mediodía. La voz Equinoccio,
proviene del latín, idioma universal en tiempos de esplendor del imperio romano.
Combina las voces aequinoctium, de aequus “igual” y nox “noche’” es el momento
del año en que el Sol se encuentra exactamente sobre el ecuador celeste, lo que
provoca que el día y la noche tengan una duración aproximadamente igual en todo
el planeta. La ciencia astronómica define al equinoccio como el instante en que
el plano del Ecuador pasa por el centro geométrico del disco solar. En este
momento, el eje de rotación de la Tierra no se inclina ni hacia el Sol ni en
dirección opuesta.
Nuestros
primeros padres, vivieron en contacto estrecho y en observación permanente de
la naturaleza, la tierra y los cielos eran minuciosamente observados. En tiempos
más remotos el resultado de esas observaciones, los saberes primigenios, se transmitieron
a través de relatos, cánticos y otros recursos de la tradición oral. Más tarde
se registró en piedra, tablillas de arcilla, y a medida que avanzaba el
desarrollo cultural de los primeros pueblos, a través de complejos arquitectónicos
de templos y observatorios.
El saber
ancestral acerca de los fenómenos naturales fue esencial para el progreso de
las antiguas civilizaciones. De este conocimiento dependían ciclos fundamentales
de la agricultura y asociado a ello, de eventos religiosos. La humanidad entera, buscaba la sobrevivencia
en ambos lados de la esfera terrestre, tanto en el hemisferio Sur como en el
norte, las antiguas civilizaciones consiguieron prosperar debido a la
importancia que les dieron a los ciclos de la naturaleza.
En la antigua
China durante las dinastías Zhou (c. 1046-256 a.C.) y la Dinastía Han (202
a.C.-220 d.C.), la llegada del equinoccio de otoño, era un evento muy importante
del calendario agrícola, pues marcaba el inicio de la temporada de cosecha. Se
celebraba el Festival de la Luna o Festival del Medio Otoño, donde se
realizaban reuniones familiares, ofrendas a la luna y degustación de pasteles.
La civilización
Maya, legó a la posteridad el fruto de un conocimiento científico único, sus
avanzadas observaciones astronómicas, les permitieron construir templos
alineados con el sol. Como el de Chichén Itzá, que, durante el equinoccio de
otoño, gracias al movimiento de la luz del sol, produce la ilusión óptica de
ver una serpiente descendiendo de la pirámide. Evento que se pudo apreciar
nuevamente este 20 de marzo.
Asimismo, para
los Incas, el equinoccio de otoño era un tiempo de preparación para la
temporada de lluvias y la siembra. Realizaban ceremonias en honor al dios sol
Inti y otras deidades relacionadas con la agricultura. El Pawkar Raymi se
celebraba en Los Andes desde tiempos ancestrales, con la llegada del equinoccio
y las primeras cosechas. Era la época de las lluvias y del culto a lo femenino.
Para el pueblo
Mapuche el equinoccio es el Rimü. Un
tiempo que se reconoce porque las hojas de los árboles cambian de color y caen.
Se inicia un proceso de descanso de la naturaleza. Las tierras ya han entregado
sus frutos, y se muestran libres de cultivos, la madre tierra inicia su período
de descanso.
En Chile,
dependiendo de la zona del país, después de la cosecha de los frutos de la
tierra, es momento de prepararla para un nuevo ciclo de cultivos. Es un tiempo
de preparación, un tiempo también de planificar, por ejemplo, la rotación de
cultivos. Se dispone el ensilaje de forraje para el ganado, de granos para las
aves, y en general los agricultores comienzan a preparar la tierra para el
invierno.
En algunas
zonas del país en otoño se realizan las fiestas de la vendimia, evento que
culmina un año de trabajos y cuidados abnegados del fruto de la vid, para concluir
en la ancestral tarea de producir el oro líquido que irá a animar fiestas y a
acompañar almuerzos y cenas familiares.
El equinoccio
de otoño es el momento en que el día y la noche duran lo mismo, es el tiempo en
que nuestros ancestros marcaron como la época del año para terminar la cosecha,
para preparar la tierra para su ciclo de descanso. Un tiempo de reflexión personal
para mirar lo que hicimos, lo que conseguimos, una buena cosecha, pródiga en
frutos abundantes, o una cosecha escasa, magra, con escasos frutos. El inicio
del período en que la tierra descansa, y se prepara para recibir nuevos
cultivos, es una metáfora de nuestra propia vida. Cada vez debemos volver a
separar la paja del trigo, cada vez debemos separar la maleza del fruto, para
desechar una y conservar otro.
En los
convulsionados tiempos que vivimos, donde los poderosos del mundo parecen ser
dueños de la vida y la muerte del planeta, detenernos a observar la naturaleza,
los cambios que esta experimenta en el ciclo de las estaciones del año, nos
permite dimensionar que es lo esencial para cada uno de nosotros. Un
conocimiento ancestral nos ha sido dado, para valorar la vida por sobre todas
las cosas. Para valorar ese milagro que nace y crece en el silencio de la
tierra, y que inevitablemente conduce a un nuevo ciclo de cosecha en el futuro.
Es una esperanza para los pueblos, que llegue el momento en que la única orden
del día, sea trabajar por la paz y el bienestar de la gente. Sin estridencia,
sin odiosidad, sin anteojeras ideológicas, sólo la simple y mera lucha por una
sociedad más próspera y equitativa.
Trabajos
de otoño, coseché el cerezo, hice licor para compartir en el crudo invierno.
Ernesto Sepúlveda Tornero
Punta Arenas, lunes 23 de marzo
de 2026.-
https://www.conadi.gob.cl/storage/docs/Libro_WALL_TRIPANTU_b.pdf
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